Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París —Venid.
Por el movimiento de los labios de la egipcia, Quasimodo creyó que lo echaba de allí; se levantó, pues, y se retiró cojeando, lentamente, con la cabeza gacha, sin siquiera atreverse a dirigir hacia la joven su mirada llena de desesperación.
—Venid —gritó ella.
Pero el campanero continuaba alejándose. Entonces Esmeralda salió de la celda, corrió tras él y lo asió de un brazo. Al sentirse tocado por ella, Quasimodo se puso a temblar de la cabeza a los pies. Levantó su ojo suplicante y, al ver que ella lo atraía hacia sí, toda su cara se iluminó de alegría y ternura. Ella intentó hacerlo entrar en la celda, pero él se empeñó en quedarse en el umbral.
—No, no —dijo—, el búho no entra en el nido de la alondra.
Entonces ella se sentó graciosamente en la cama, con la cabra dormida a sus pies. Los dos se quedaron unos instantes inmóviles, contemplando en silencio, él tanta gracia, y ella tanta fealdad. A cada momento, ella descubría en Quasimodo una deformidad más. Su mirada se paseaba de las rodillas demasiado juntas a la joroba, de la joroba al ojo único. No le cabía en la cabeza que un ser tan torpemente hecho pudiera existir. Sin embargo, había sobre todo aquello tanta tristeza y dulzura que empezaba a acostumbrarse.