Nuestra Señora de París

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Fue él quien rompió el silencio.

—¿Me pedís que vuelva?

Ella hizo un signo afirmativo con la cabeza al tiempo que decía:

—Sí.

Él comprendió el movimiento de la cabeza.

—¡Ay! Es que… —dijo, como si no se decidiera a terminar la frase—, soy sordo.

—¡Pobre hombre! —exclamó la gitana con una expresión de benévola compasión.

Él sonrió dolorosamente.

—Pensáis que solo me faltaba eso, ¿verdad? Sí, soy sordo. Así es como estoy hecho. Es horrible, ¿no es cierto? ¡Vos, en cambio, sois tan bella!

Había en el tono del miserable un sentimiento tan profundo de su miseria que ella no tuvo fuerzas para decir una sola palabra. Por lo demás, él no la habría oído.

—Nunca he visto mi fealdad como ahora —prosiguió Quasimodo—. Cuando me comparo con vos, me compadezco de mí, pobre monstruo desgraciado. Debo de causaros la misma impresión que un animal, ¿a que sí? ¡Vos, en cambio, sois un rayo de sol, una gota de rocío, el canto de un pájaro! ¡Yo soy una cosa horrible, ni hombre ni animal, algo más duro, más pisoteado y más deforme que una piedra!


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