Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Se echó a reÃr, y su risa era lo más desgarrador del mundo.
—SÃ, soy sordo —continuó—. Pero podéis hablarme haciendo gestos, signos. Tengo un maestro que habla conmigo de esa manera. Además, sabré enseguida qué deseáis por el movimiento de vuestros labios y por vuestra mirada.
—Muy bien —dijo la gitana—, decidme por qué me habéis salvado.
Él la miró atentamente mientras hablaba.
—He comprendido —contestó—. Me preguntáis por qué os he salvado. Habéis olvidado a un miserable que intentó raptaros una noche, un miserable al que al dÃa siguiente socorristeis en la infame picota. Una gota de agua y un poco de compasión es más de lo que puedo pagar con mi vida. Vos habéis olvidado a aquel miserable; él ha recordado aquello.
Ella lo escuchaba profundamente enternecida. Una lágrima asomaba en el ojo del campanero, pero no llegó a caer. Incluso pareció que él consideraba una cuestión de honor contenerla.
—Escuchad —continuó cuando estuvo seguro de que la lágrima no se le escaparÃa—, aquà tenemos torres muy altas. Si un hombre cayera desde una de ellas, habrÃa muerto antes de llegar al suelo. Cuando queráis que caiga, ni siquiera tendréis que pronunciar una palabra; una mirada bastará.