Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Entonces se levantó. Aquel ser extraño, por desgraciada que fuese la gitana, todavÃa despertaba cierta compasión en ella. Le pidió por señas que se quedara.
—No, no —dijo Quasimodo—. No debo quedarme demasiado tiempo. No me encuentro cómodo cuando me miráis. Si no apartáis la vista, es por compasión. Me voy a algún sitio desde donde pueda veros sin que me veáis a mÃ. Será lo mejor.
Sacó del bolsillo un pequeño silbato metálico.
—Tened —dijo—, cuando me necesitéis, cuando queráis que venga, cuando ya no os horrorice tanto verme, silbad con esto. Ese ruido lo oigo.
Dejó el silbato en el suelo y se marchó.