Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Transcurrieron los días.
Poco a poco, el alma de Esmeralda recuperaba el sosiego. El exceso de dolor, al igual que el exceso de alegría, es algo violento que dura poco. El corazón del hombre no puede permanecer demasiado tiempo en un extremo. La gitana había sufrido tanto que solo le quedaba ya el asombro.
Con la seguridad, había recobrado la esperanza. Estaba fuera de la sociedad, fuera de la vida, pero presentía vagamente que quizá no sería imposible volver a entrar en ellas. Era como una muerta que tuviese en reserva una llave de su tumba.
Sentía alejarse de ella poco a poco las imágenes terribles que la habían obsesionado durante tanto tiempo. Todos los repugnantes fantasmas, Pierrat Torterue, Jacques Charmolue, todos se borraban de su mente, hasta el propio sacerdote.