Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Sin duda Esmeralda no pensaba en el capitán sin amargura. Sin duda era horrible que él también se hubiera equivocado, que hubiera creído esa cosa imposible, que le hubiera resultado creíble una puñalada asestada por quien habría dado mil vidas por él. Pero, en definitiva, no había que tenérselo demasiado en cuenta, pues ¿acaso no había confesado ella «su crimen»?, ¿acaso no había cedido, débil mujer, a la tortura? Toda la culpa era suya. Debería haberse dejado arrancar las uñas antes que una palabra. En fin, con que volviera a ver a Phoebus una sola vez, un solo minuto, bastaría una palabra, una mirada para sacarlo de su error, para recuperarlo. No le cabía la menor duda. La desconcertaban también muchas cosas singulares, como la casualidad de la presencia de Phoebus el día de la retractación pública y la muchacha con la que estaba. Seguramente era su hermana. Una explicación poco razonable, pero con la que se conformaba porque necesitaba creer que Phoebus continuaba amándola y solo la amaba a ella. ¿Acaso no se lo había jurado? ¿Qué más necesitaba, ingenua y crédula como era? Además, en aquel asunto, ¿no estaban las apariencias más bien en contra de ella que en contra de él? Por consiguiente, esperaba. Esperaba y confiaba.