Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Añadamos que la iglesia, esa vasta iglesia que la rodeaba por todas partes, que la protegía, que la preservaba, era en sí misma un eficaz calmante. Las líneas solemnes de aquella arquitectura, la actitud religiosa de todos los objetos que rodeaban a la joven, los pensamientos piadosos y serenos que emanaban, por así decirlo, de todos los poros de aquella piedra, actuaban en ella sin que se diera cuenta. El edificio estaba poblado asimismo de ruidos de una bendición y una majestad tales que adormecían a aquella alma enferma. El canto monótono de los oficiantes, las respuestas de los fieles a los sacerdotes, unas veces inarticuladas, otras veces atronadoras, el armonioso estremecimiento de las vidrieras, el órgano resonando como cien trompetas, los tres campanarios zumbando como enjambres de grandes abejas, toda esa orquesta sobre la cual brincaba una gama gigantesca que subía y bajaba incesantemente de una multitud a un campanario, ensordecía su memoria, su imaginación, su dolor. Las campanas, sobre todo, la acunaban. Era como un magnetismo poderoso el que aquellos enormes instrumentos esparcían sobre ella en amplias oleadas.






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