Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Asà pues, cada amanecer la encontraba más apaciguada, respirando mejor, menos pálida. A medida que sus heridas interiores se cerraban, su gracia y su belleza florecÃan de nuevo en su rostro, pero más recogidas y reposadas. Iba recuperando también su antiguo carácter, incluso algo de su alegrÃa, su gracioso mohÃn, el amor por su cabra, el gusto de cantar, su pudor. Por las mañanas, siempre se vestÃa al fondo de la celda por miedo de que algún habitante de las buhardillas vecinas la viera por la lucera.
Cuando Phoebus no ocupaba su pensamiento, la egipcia pensaba a veces en Quasimodo. Era el único lazo, la única relación, la única comunicación que le quedaba con los hombres, con los vivos. ¡La infeliz estaba más apartada del mundo que Quasimodo! No comprendÃa en absoluto al extraño amigo que el azar le habÃa dado. A menudo se reprochaba no sentir un agradecimiento que cerrara los ojos, pero decididamente era incapaz de acostumbrarse al pobre campanero. Era demasiado feo.
HabÃa dejado en el suelo el silbato que le habÃa dado, lo que no impidió a Quasimodo aparecer de cuando en cuando los primeros dÃas. Ella hacÃa lo posible para no volverse con demasiada repugnancia cuando él iba a llevarle la cesta de provisiones o la jarra de agua, pero él siempre advertÃa el menor gesto de este tipo y entonces se marchaba con tristeza.