Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Una vez llegó en el momento en que estaba acariciando a Djali. Se quedó unos momentos pensativo ante el gracioso grupo formado por la cabra y la egipcia. Finalmente dijo, moviendo la pesada y deforme cabeza:
—Mi desgracia es que me parezco demasiado al hombre. Querría ser un animal, como esta cabra.
Ella le dirigió una mirada que expresaba su asombro. Él respondió a esa mirada diciendo:
—¡Oh!, yo sé muy bien por qué.
Y se fue.
En otra ocasión se presentó en la puerta de la celda (en la que no entraba nunca) en el momento en que Esmeralda cantaba una antigua balada española cuya letra no entendía, pero que se le había quedado grabada porque las gitanas la habían acunado cantándosela cuando era pequeña. Al ver aparecer tan bruscamente aquella horrible cara en mitad de la canción, la joven se interrumpió con un gesto de miedo involuntario. El desgraciado campanero cayó de rodillas en el umbral de la celda y juntó en actitud suplicante sus grandes manos informes.
—Os lo ruego —dijo en un tono de intenso sufrimiento—, continuad y no me echéis.