Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Ella no quiso afligirlo y, temblando, se puso de nuevo a cantar. Su miedo, sin embargo, se disipó gradualmente, y Esmeralda se abandonó por completo a la impresión que le causaba aquel aire lánguido y melancólico. Él se había quedado de rodillas, con las manos juntas, como rezando, atento, casi sin respirar, mirando fijamente los ojos brillantes de la gitana. Se habría dicho que oía la canción a través de sus ojos.
Otro día se acercó a ella con ademán torpe y tímido.
—Oídme —dijo haciendo un esfuerzo—, tengo algo que deciros.
Ella le hizo una seña indicándole que lo escuchaba. Entonces él se puso a suspirar, entreabrió los labios, por un momento pareció que iba a hablar, después la miró, hizo un movimiento negativo con la cabeza y se retiró lentamente, con las manos en la frente, dejando estupefacta a la egipcia.
Entre los personajes grotescos esculpidos en la pared, había uno que él apreciaba especialmente y con el que parecía intercambiar con frecuencia miradas fraternales. Una vez, la egipcia le oyó decir:
—¡Ojalá fuera de piedra como tú!