Nuestra Señora de París

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Un día, por fin, concretamente una mañana, Esmeralda se había acercado hasta el borde del tejado y miraba la plaza por encima del remate puntiagudo de Saint-Jean-le-Rond. Quasimodo estaba allí, detrás de ella. Se colocaba así por iniciativa propia, a fin de evitar en lo posible a la joven el desagrado de verlo. De pronto la gitana se estremeció, una lágrima y un destello de alegría brillaron a la vez en sus ojos, se arrodilló al borde del tejado y extendió los brazos con angustia hacia la plaza gritando:

—¡Phoebus! ¡Ven! ¡Ven! ¡Una palabra, una sola palabra, en nombre del cielo! ¡Phoebus! ¡Phoebus!

Su voz, su rostro, su gesto, toda su persona tenía la expresión desgarradora de un náufrago que hace la señal de petición de auxilio al alegre navío que pasa a lo lejos, iluminado por un rayo de sol en el horizonte.

Quasimodo se asomó a la plaza y vio que el objeto de aquella tierna y delirante súplica era un joven, un capitán, un apuesto jinete cuyas armas y aderezos relucían al sol, que pasaba caracoleando por el otro lado de la plaza y saludaba con el penacho a una bella dama que sonreía desde su balcón. Por lo demás, el oficial no oía a la infeliz que lo llamaba. Estaba demasiado lejos.

Pero el pobre sordo comprendía la situación. Un suspiro profundo elevó su pecho. Se volvió. Su corazón rebosaba de lágrimas contenidas, sus dos puños chocaron convulsivamente sobre su cabeza, y cuando los retiró tenía un puñado de cabellos rojos en cada mano.


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