Nuestra Señora de París

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La egipcia no le prestaba ninguna atención. Él decía en voz baja, haciendo rechinar los dientes:

—¡Maldición! ¡Así es como hay que ser! ¡Solo hace falta ser hermoso por fuera!

Ella, sin embargo, seguía de rodillas y gritaba con una agitación extraordinaria:

—¡Oh! ¡Está bajando del caballo…! ¡Va a entrar en aquella casa…! ¡Phoebus…! ¡No me oye…! ¡Phoebus…! ¡Qué mala es esa mujer que le habla al mismo tiempo que yo…! ¡Phoebus! ¡Phoebus!

El sordo la miraba. Comprendía perfectamente aquellos gestos. El ojo del pobre campanero se llenaba de lágrimas, pero no dejaba correr ni una sola. De repente le tiró con suavidad del borde de la manga. Ella se volvió. Quasimodo había adoptado un aire tranquilo.

—¿Queréis que vaya a buscarlo? —le preguntó.

Ella profirió un grito de alegría.

—¡Oh, sí! ¡Rápido! ¡Corre! ¡Deprisa! ¡Ese capitán! ¡Ese capitán! ¡Tráemelo y te querré!

Le abrazaba las piernas. Quasimodo no pudo evitar mover la cabeza dolorosamente.

—Os lo traeré —dijo con una voz débil.

Acto seguido volvió la cabeza y se internó precipitadamente en la escalera, ahogado por los sollozos.


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