Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Cuando llegó a la plaza, solo vio el bonito caballo atado a la puerta de la residencia Gondelaurier. El capitán acababa de entrar.
Levantó la mirada hacia el tejado de la iglesia. Esmeralda seguía en el mismo sitio y en la misma postura. Le hizo una señal apesadumbrada con la cabeza. Después se apoyó en uno de los guardacantones del portal de la casa, decidido a esperar que el capitán saliera.
Era, en la residencia Gondelaurier, uno de esos días de gala que preceden a las bodas. Quasimodo vio entrar a mucha gente y no vio salir a nadie. De vez en cuando, miraba hacia el tejado. La egipcia no se movía más que él. Un palafrenero fue a desatar el caballo y lo llevó a la cuadra de la casa.
Así pasó todo el día, Quasimodo junto al guardacantón, Esmeralda en el tejado, y Phoebus seguramente a los pies de Flor de Lis.
Por fin cayó la noche; una noche sin luna, una noche oscura. Por más que Quasimodo intentaba fijar la mirada en Esmeralda, muy pronto esta no fue sino una mancha blanca en el crepúsculo y acabó no siendo nada. Todo se borró; todo era negrura.