Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Quasimodo vio iluminarse de arriba abajo de la fachada las ventanas de la mansión Gondelaurier. Vio encenderse uno tras otro los demás ventanales de la plaza; los vio también apagarse del primero al último. Porque permaneció toda la noche en su puesto. El capitán no salía. Cuando los últimos transeúntes hubieron regresado a sus casas, cuando todas las ventanas de las otras casas estuvieron apagadas, Quasimodo siguió allí completamente solo, completamente a oscuras. No había a la sazón alumbrado en el atrio de Notre-Dame.
Sin embargo, las ventanas de la mansión Gondelaurier habían permanecido iluminadas, incluso pasada la medianoche. Inmóvil y atento, Quasimodo veía pasar tras los cristales multicolores una multitud de sombras vivas y danzantes. Si no hubiera estado sordo, a medida que el rumor de París dormido se apagaba, habría oído cada vez más claramente, en el interior de la mansión Gondelaurier, ruido de fiesta, de alegría y de música.
Hacia la una de la mañana, los invitados empezaron a retirarse. Quasimodo, envuelto en tinieblas, los miraba a todos en el portal iluminado con antorchas. Ninguno era el capitán.
No tenía más que pensamientos tristes. Había momentos en que se quedaba con la mirada perdida, como si se aburriera. Grandes nubes negras, pesadas, rasgadas, agrietadas, colgaban como hamacas de crespón bajo la cimbra estrellada de la noche. Parecían las telarañas de la bóveda del cielo.