Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Por suerte, pues la resistencia de la muchacha empezaba ya a flaquear, la puerta del balcón se abrió súbitamente, apareció una señora mayor, la joven pareció confusa, el oficial adoptó un aire contrariado y los tres entraron en el salón.
Al cabo de un momento, un caballo piafó en el portal y el brillante oficial, envuelto en su capa de noche, pasó rápidamente ante Quasimodo.
El campanero lo dejó doblar la esquina de la calle y luego echó a correr tras él con su agilidad simiesca, gritando:
—¡Eh! ¡Capitán!
El capitán se detuvo.
—¿Qué querrá de mí este bribón? —dijo al distinguir en la oscuridad a aquella especie de figura derrengada que corría hacia él dando tumbos.
Quasimodo, mientras tanto, había llegado a su altura y cogido con decisión la brida de su caballo.
—Venid conmigo, capitán, hay alguien que quiere hablar con vos.
—¡Por los cuernos de Mahoma! —masculló Phoebus—. A este pajarraco despeluchado me parece haberlo visto en alguna parte. ¡Eh, tú!, ¿quieres soltar la brida de mi caballo?
—Capitán —repuso el sordo—, ¿no me preguntáis de quién se trata?