Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Te digo que sueltes el caballo! —repitió Phoebus, perdiendo la paciencia—. ¿Qué quiere este necio que se cuelga de la testuz de mi corcel? Tú, ¿acaso confundes mi caballo con una horca?
Quasimodo, lejos de soltar la brida del caballo, se disponÃa a hacerle dar media vuelta. Incapaz de explicarse la resistencia del capitán, se apresuró a decirle:
—¡Venid, capitán, es una mujer quien os espera! —Y, haciendo un esfuerzo, añadió—: Una mujer que os ama.
—¡Este bellaco cree que tengo la obligación de ir a casa de todas las mujeres que me aman! —exclamó el capitán—. ¡O que lo dicen…! ¿Y si por casualidad se parece a ti, cara de lechuza…? ¡Dile a esa que te envÃa que voy a casarme! ¡Y que se vaya al diablo!
—Escuchad —dijo Quasimodo, creyendo que la palabra que iba a pronunciar acabarÃa con sus dudas—, ¡es la egipcia a la que salvasteis!