Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Esta palabra causó, en efecto, una gran impresión en Phoebus, pero no la que el sordo esperaba. Recordemos que nuestro galante oficial se había retirado con Flor de Lis unos momentos antes de que Quasimodo arrebatara a la condenada de las manos de Charmolue. Desde entonces, en todas sus visitas a la mansión Gondelaurier se había guardado de volver a hablar de aquella mujer cuyo recuerdo, después de todo, le resultaba penoso; y Flor de Lis, por su parte, no había considerado inteligente decirle que la egipcia vivía. Phoebus creía, pues, muerta a la pobre «Similar», y que hacía ya uno o dos meses de esto. Añadamos que desde hacía unos instantes el capitán pensaba en la oscuridad profunda de la noche, en la fealdad sobrenatural y la voz sepulcral del extraño mensajero, que era más de medianoche, que la calle estaba desierta como la noche en que el monje errante lo había abordado y que su caballo resoplaba mirando a Quasimodo.
—¡La egipcia! —exclamó, casi aterrorizado—. ¿Vienes acaso del otro mundo? —añadió, poniendo la mano sobre la empuñadura de su daga.
—¡Deprisa, deprisa! —dijo el sordo, tratando de arrastrar al caballo—. ¡Por aquí!
Phoebus le asestó una fuerte patada en el pecho.
El ojo de Quasimodo centelleó. Hizo un movimiento para abalanzarse sobre el capitán, pero se limitó a decir, conteniéndose: