Nuestra Señora de París

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—¡Qué dichoso sois de que alguien os ame! —Subrayó la palabra «alguien» y, soltando la brida del caballo, añadió—: ¡Marchaos!

Phoebus picó espuelas maldiciendo. Quasimodo lo miró adentrarse en la bruma de la calle.

—¡Rechazar algo así! —decía en voz baja el pobre sordo.

Regresó a Notre-Dame, encendió su lámpara y subió a la torre. Tal como había pensado, la gitana seguía en el mismo sitio.

En cuanto lo vio, la joven fue corriendo hacia él.

—¡Venís solo! —exclamó, juntando dolorosamente sus bellas manos.

—No he podido encontrarlo —dijo fríamente Quasimodo.

—¡Había que esperar toda la noche si era preciso! —replicó ella con enojo.

Él vio su gesto de cólera y comprendió el reproche.

A partir de aquel día, la egipcia no volvió a verlo. El jorobado dejó de ir a su celda. Como mucho, Esmeralda entreveía a veces en lo alto de una torre el rostro del campanero con la mirada melancólicamente clavada en ella. Pero, en cuanto ella lo veía, desaparecía.

Debemos decir que se sentía poco afligida por la ausencia voluntaria del pobre jorobado. En el fondo de su corazón, se lo agradecía. Por lo demás, Quasimodo no se hacía ilusiones a este respecto.


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