Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Ella ya no lo veía, pero sentía la presencia de un genio bueno a su alrededor. Una mano invisible renovaba sus provisiones mientras dormía. Una mañana encontró en su ventana una jaula de pájaros. Más arriba de su celda había una escultura que le daba miedo. Lo había demostrado más de una vez delante de Quasimodo. Una mañana (pues todas estas cosas eran hechas de noche) ya no la vio. La habían roto. Quien hubiera trepado hasta esa escultura, debía de haber arriesgado la vida.

A veces, al anochecer, oía bajo los tejadillos del campanario una voz que cantaba, como para dormirla, una canción triste y extraña. Eran versos sin rima, como los que puede componer un sordo.

No mires la cara, muchacha,

no, muchacha, mira el corazón.

El corazón de un apuesto joven a menudo es deforme.

Hay corazones en los que el amor no perdura.

Muchacha, el abeto no es hermoso,

no es hermoso como el álamo,

mas conserva el follaje en invierno.

¡Ay!, ¿de qué sirve decir esto?

Lo que no es bello no debe ser,

la belleza solo ama la belleza,


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