Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Quasimodo asistía desde abajo a aquella escena, tanto más graciosa de ver cuanto que no estaba hecha para ser vista. Contemplaba esa felicidad y esa belleza con amargura. Después de todo, la naturaleza no era muda en el pobre diablo, y su columna vertebral, por muy endemoniadamente torcida que estuviera, no se estremecía menos que otra cualquiera. Pensaba en el miserable papel que la providencia le había reservado, que las mujeres, el amor y la voluptuosidad pasarían eternamente ante sus ojos y que jamás haría otra cosa que ver la felicidad de los demás. Pero lo que más le desgarraba de aquel espectáculo, lo que añadía indignación a su resentimiento, era pensar lo que debía de sufrir la egipcia si lo veía. Es verdad que la noche era muy cerrada, que Esmeralda, si había permanecido en el mismo sitio (y estaba seguro de que sí), se encontraba muy lejos, y que a duras penas él mismo podía distinguir a los enamorados en el balcón. Eso lo consolaba.

Entre tanto, la conversación se hacía cada vez más animada. La joven dama parecía suplicar al oficial que no le pidiese nada más. Quasimodo solo distinguía de todo aquello las bellas manos juntas, las sonrisas mezcladas con lágrimas, las miradas a las estrellas de la muchacha y los ojos del capitán ardientemente puestos en ella.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker