Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Los comentarios de la gente habían puesto al corriente al arcediano del modo milagroso en que la egipcia había sido salvada. Cuando se enteró, no supo lo que sentía. Había aceptado la muerte de Esmeralda. De esa forma estaba tranquilo, había tocado el fondo del dolor posible. El corazón humano (don Claude había meditado sobre estas cuestiones) solo puede contener cierta cantidad de desesperación. Cuando la esponja está empapada, el mar puede pasarle por encima sin conseguir que penetre una sola lágrima más.
Por lo tanto, muerta Esmeralda, la esponja estaba empapada y todo estaba dicho para don Claude en esta tierra. Pero sentirla viva, y a Phoebus también, era una vuelta de las torturas, de las sacudidas, de las alternativas, de la vida. Y Claude estaba cansado de todo eso.
Cuando se enteró de la noticia, se encerró en su celda del claustro. No compareció ni en las conferencias capitulares ni en los oficios. Cerró la puerta a todos, incluso al obispo. Permaneció emparedado de esta forma varias semanas. Creyeron que estaba enfermo. Y lo estaba, en efecto.