Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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¿Qué hacía mientras permanecía encerrado? ¿Entre qué pensamientos se debatía el infortunado? ¿Libraba una última batalla contra su temible pasión? ¿Tramaba un último plan de muerte para ella y de perdición para él?

Jehan, su querido hermano, su niño mimado, fue una vez a llamar a su puerta, juró, suplicó y se identificó diez veces. Claude no abrió.

Pasaba días enteros con la cara pegada a los cristales de la ventana. Desde aquella ventana, situada en el claustro, veía la celda de Esmeralda, la veía a menudo a ella misma con su cabra, algunas veces con Quasimodo. Observaba las pequeñas atenciones del horrendo sordo, su obediencia, sus maneras delicadas y sumisas con la egipcia. Recordaba —porque tenía buena memoria, y la memoria es la torturadora de los celosos— el modo singular con que el campanero había mirado a la bailarina cierta noche. Se preguntaba qué habría podido empujar a Quasimodo a salvarla. Fue testigo de mil escenas entre la gitana y el sordo, cuya mímica, vista desde lejos y comentada por su pasión, le pareció muy tierna. Desconfiaba de la singularidad de las mujeres. Entonces sintió confusamente despertar en él unos celos de todo punto insospechados, unos celos que le hacían enrojecer de vergüenza y de indignación. «Por el capitán, todavía tiene un pase, ¡pero por este!» Tal pensamiento lo trastornaba.


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