Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Desde que Pierre Gringoire había visto cómo se desarrollaba todo aquel asunto y que decididamente habría soga, ahorcamiento y otros sinsabores para los personajes principales de la comedia, había procurado no mezclarse en él. Los truhanes, entre los que se había quedado por considerar que, en última instancia, eran la mejor compañía de París, habían seguido interesándose por la egipcia. Tal interés le había parecido muy comprensible en personas que, como ella, no tenían otra perspectiva que Charmolue y Torterue, y que no cabalgaban como él por regiones imaginarias entre las dos alas de Pegaso. Se había enterado, oyendo sus conversaciones, de que su esposa del cántaro roto se había refugiado en Notre-Dame, y se había alegrado mucho por ello. Pero ni siquiera se sentía tentado de ir a verla. A veces pensaba en la cabrita y eso era todo. Por lo demás, durante el día hacía piruetas para vivir y por la noche elucubraba una memoria contra el obispo de París, pues recordaba que las ruedas de sus molinos lo habían dejado empapado y le guardaba rencor por ello. Estaba asimismo comentando la bella obra de Baudry le Rouge, obispo de Noyon y de Tournay, De cupa petrarum,[126] lo cual había despertado en él un gusto apasionado por la arquitectura, inclinación que había sustituido en su corazón al hermetismo, del que, por lo demás, no era sino un corolario natural, puesto que existe un vínculo íntimo entre el hermetismo y la construcción. Gringoire había pasado del amor por una idea al amor por la forma de esa idea.