Nuestra Señora de París

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Un día, se había detenido cerca de Saint-Germain-l’Auxerrois, en la esquina de una casa llamada For-l’Évêque, que quedaba enfrente de otra llamada For-le-Roi. Había en For-l’Évêque una encantadora capilla del siglo XIV cuyo ábside daba a la calle. Gringoire examinaba devotamente sus esculturas exteriores. Se hallaba en uno de esos momentos de goce egoísta, exclusivo, supremo, en los que el artista no ve más que el arte en el mundo y ve el mundo en el arte. De repente, nota que una mano se posa gravemente sobre uno de sus hombros. Se vuelve. Era su antiguo amigo, su antiguo maestro, el arcediano.

Se quedó estupefacto. Hacía mucho tiempo que no había visto al arcediano, y don Claude era uno de esos hombres solemnes y apasionados cuyo encuentro siempre perturba el equilibrio de un filósofo escéptico.

El arcediano guardó durante unos instantes un silencio que permitió a Gringoire observarlo. Encontró a don Claude muy cambiado, pálido como una mañana de invierno, con los ojos hundidos y el pelo casi blanco. Fue el sacerdote quien rompió por fin el silencio diciendo en un tono tranquilo pero glacial:

—¿Cómo estáis, maese Pierre?


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