Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Es el paraÃso! —exclamó Gringoire. E inclinándose sobre las esculturas con la expresión maravillada de quien muestra fenómenos vivos, prosiguió—: ¿Acaso no os parece que esta metamorfosis en bajorrelieve, por ejemplo, ha sido realizada con mucha habilidad, gracia y paciencia? Mirad esta columnilla. ¿Alrededor de qué capitel habéis visto hojas más tiernas y mejor acariciadas por el cincel? Aquà tenemos tres altorrelieves de Jean Maillevin. No son las obras más bellas de este gran genio; sin embargo, la ingenuidad, la dulzura de los rostros, la ligereza de las posturas y de los ropajes, y ese encanto inexplicable que hay en todos los defectos dan a las figuras mucha alegrÃa y delicadeza, quizá incluso demasiada. ¿No lo encontráis divertido?
—¡Cómo no! —dijo el sacerdote.
—¡Y si vierais el interior de la capilla! —prosiguió el poeta con su entusiasmo locuaz—. ¡Esculturas por doquier! ¡Está tupido como el corazón de una col! ¡El ábside tiene una forma muy devota y tan particular que no he visto nada igual en ninguna parte!
Don Claude lo interrumpió:
—¿Sois, pues, feliz?
Gringoire respondió con vehemencia: