Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —En honor a la verdad, sÃ. Primero me gustaron las mujeres, luego los animales, y ahora me gustan las piedras. Es tan divertido como los animales y las mujeres, y menos pérfido.
El sacerdote se puso una mano en la frente. Era un gesto habitual en él.
—¿En serio?
—¡Mirad! —dijo Gringoire—. ¡Goces no faltan! —Asió de un brazo al sacerdote, que se dejó llevar, y le hizo entrar en la torrecilla de la escalera de For-l’Évêque—. ¡Esto es una escalera! Cada vez que la veo, soy dichoso. Está hecha de la manera más sencilla y más rara de todo ParÃs. Todos los peldaños están rebajados por abajo. Su belleza y su sencillez residen en las huellas, del tamaño más o menos de un pie, que están entrelazadas, empotradas, encajadas, encadenadas, engastadas, entretalladas una en otra, y se muerden entre sà de una forma realmente firme y delicada.
—¿Y no deseáis nada?
—No.
—¿Y no añoráis nada?
—Ni añoranza ni deseo. He puesto orden en mi vida.
—Lo que los hombres ordenan —dijo Claude— las cosas lo desordenan.