Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Yo soy un filósofo pirrónico —contestó Gringoire— y lo mantengo todo en equilibrio.
—¿Y cómo os ganáis la vida?
—Continúo haciendo de vez en cuando epopeyas y tragedias, pero lo que más ingresos me reporta es el trabajo que ya sabéis, maestro: sostener pirámides de sillas con los dientes.
—Es un oficio vulgar para un filósofo.
—Pero también es equilibrio —dijo Gringoire—. Cuando uno tiene una idea, la encuentra en todo.
—Lo sé —contestó el arcediano.
Tras un breve silencio, el sacerdote prosiguió:
—Sois, de todas formas, bastante miserable.
—Miserable, sÃ; desgraciado, no.
En ese momento se oyó un ruido de caballos y nuestros dos interlocutores vieron desfilar, al final de la calle, a una compañÃa de arqueros de la ordenanza del rey, lanzas en alto y con el oficial a la cabeza. El desfile era espléndido y se oÃa el ruido de los cascos de los caballos en el empedrado.
—¡Cómo miráis a ese oficial! —dijo Gringoire al arcediano.
—Es que creo que lo conozco.
—¿Cómo se llama?