Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Creo que se llama Phoebus de Châteaupers —dijo Claude.
—¡Phoebus! ¡Un nombre muy curioso! Hay otro Phoebus que es conde de Foix. Y recuerdo haber conocido a una muchacha que solo juraba por Phoebus.
—Venid —dijo el sacerdote—, tengo algo que deciros.
Desde que habÃa pasado aquella tropa, se percibÃa cierta agitación bajo el envoltorio glacial del arcediano. Este echó a andar. Gringoire lo seguÃa, acostumbrado a obedecerle, como todo aquel que habÃa tratado alguna vez a este hombre con tanto ascendiente. Llegaron en silencio hasta la calle Bernardins, que estaba bastante desierta. Don Claude se detuvo allÃ.
—¿Qué tenéis que decirme, maestro? —le preguntó Gringoire.
—¿No os parece —dijo el arcediano con un aire de profunda reflexión— que el traje de esos jinetes que acabamos de ver es más bonito que el vuestro y el mÃo?
Gringoire movió la cabeza.
—¡Repámpanos! Prefiero mi gonela amarilla y roja que esas escamas de hierro y acero. ¡Menudo placer, caminar haciendo el mismo ruido que el muelle de la chatarra cuando hay un terremoto!
—Entonces, Gringoire, ¿nunca habéis sentido envidia de esos buenos mozos con sus casacas de guerra?