Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¿Envidia de qué, señor arcediano? ¿De su fuerza? ¿De su armadura? ¿De su disciplina? Vale más la filosofÃa y la independencia con harapos. Prefiero ser cabeza de ratón que cola de león.
—Es curioso lo que decÃs —repuso el sacerdote, pensativo—. Un bonito uniforme, hay que reconocerlo, es bonito.
Gringoire, viéndolo tan ensimismado, se alejó para ir a admirar el portal de una casa vecina. No tardó en volver dando palmadas de satisfacción.
—Si estuvierais menos ocupado con las bonitas indumentarias de los guerreros, os rogarÃa que vinierais a ver aquella puerta. Siempre lo he dicho: la casa del señor Aubry tiene la entrada más soberbia del mundo.
—Pierre Gringoire —dijo el arcediano—, ¿qué ha sido de aquella bailarina egipcia?
—¿Esmeralda? ¡Qué manera más brusca de cambiar de conversación!
—¿No era vuestra mujer?
—SÃ, por el método del cántaro roto. TenÃamos para cuatro años. Asà que —añadió Gringoire mirando al arcediano con un aire un poco burlón— seguÃs pensando en ella.
—¿Vos ya no?
—Poco…. ¡Tengo tantas cosas en que pensar…! ¡Dios mÃo, qué bonita era su cabra!