Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¿Esa gitana no os habÃa salvado la vida?
—Vive Dios que es cierto.
—Y bien, ¿qué ha sido de ella? ¿Dónde está?
—No sabrÃa deciros. Creo que la colgaron.
—¿Lo creéis?
—No estoy seguro. Cuando vi que querÃan colgar a la gente, me retiré del juego.
—¿Eso es todo lo que sabéis?
—¡Esperad! Me dijeron que se habÃa refugiado en Notre-Dame y que allà estaba segura, y yo me alegro mucho, pero no pude averiguar si la cabra se habÃa salvado con ella. Eso es todo lo que sé.
—Voy a contaros algo más —dijo don Claude, cuya voz, hasta entonces baja, lenta y casi sorda, sonaba ahora atronadora—. Está, en efecto, refugiada en Notre-Dame, pero dentro de tres dÃas la justicia volverá a prenderla y será colgada en la Grève. Hay sentencia del Parlamento.
—¡Qué lástima! —dijo Gringoire.
El sacerdote, en un abrir y cerrar de ojos, habÃa recuperado la calma y la frialdad.