Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¿Y quién demonios —prosiguió el poeta— se ha entretenido en solicitar una sentencia de reintegración? ¿No podÃan dejar tranquilo al Parlamento? ¿Qué pasa por que una pobre muchacha se refugie bajo los arbotantes de Notre-Dame, junto a los nidos de las golondrinas?
—Hay satanes en el mundo —respondió el arcediano.
—Esto se pone endiabladamente feo —observó Gringoire.
El arcediano prosiguió tras un breve silencio:
—Asà pues, ¿ella os salvó la vida?
—SÃ, en casa de mis buenos amigos los truhanes. Poco faltó para que me colgaran. Hoy estarÃan lamentándolo.
—¿No queréis hacer nada por ella?
—Me gustarÃa mucho, don Claude. Pero ¿y si resulta que acabo yo con una cosa fea alrededor del cuello?
—¡Qué más da!
—¿Cómo que qué más da? ¡Sois muy gracioso, maestro! Tengo dos grandes obras empezadas.
El sacerdote se dio una palmada en la frente. Pese a la calma que afectaba, de vez en cuando un gesto violento revelaba sus convulsiones interiores.
—¿Cómo salvarla?
Gringoire le dijo: