Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Ante la propuesta inesperada de don Claude, el semblante abierto y bonachón del poeta se habÃa oscurecido súbitamente, como un risueño paisaje italiano cuando sopla un malhadado vendaval que aplasta una nube sobre el sol.
—Bien, Gringoire, ¿qué me decÃs?
—Os digo, maestro, que no es que quizá me cuelguen, sino que me colgarán con toda seguridad.
—Eso no es de nuestra incumbencia.
—¡Pestes! —exclamó Gringoire.
—Ella os salvó la vida. De este modo pagaréis la deuda.
—¡Hay muchas otras que no pago!
—Maese Pierre, es absolutamente preciso.
El arcediano hablaba con autoridad.
—Escuchad, don Claude —repuso el poeta, consternado—. InsistÃs en esa idea y os equivocáis. No sé por qué voy a dejar que me cuelguen en el lugar de otro.
—¿Qué tenéis que os una tanto a la vida?
—¡Ah! ¡Mil razones!
—Decidme cuáles, por favor.