Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Hacéis mal en enfadaros —masculló Gringoire—. Conseguir un aplazamiento no perjudica a nadie y hace ganar cuarenta dineros a las matronas, que son pobres mujeres.
El sacerdote no lo escuchaba.
—¡Pero es preciso que salga de allÃ! —murmuró—. ¡La sentencia debe ser ejecutada en un plazo de tres dÃas! ¡Y de todas formas, aunque no hubiera sentencia, ese Quasimodo…! ¡Las mujeres tienen unos gustos muy depravados! Maese Pierre —dijo, levantando la voz—, lo he pensado bien: solo hay un medio para salvarla.
—¿Cuál? A mà no se me ocurre ninguno más.
—Escuchad, maese Pierre, recordad que le debéis la vida. Voy a exponeros abiertamente mi idea. La iglesia está vigilada dÃa y noche. Solo dejan salir a los que han visto entrar. Podréis, pues, entrar. Vendréis, yo os conduciré hasta donde está ella y os cambiaréis la ropa. Ella se pondrá vuestro jubón y vos su falda.
—Hasta ahora va bien —observó el filósofo—. ¿Y luego qué?
—¿Luego? Ella saldrá con vuestra ropa y vos os quedaréis allà con la suya. Quizá os cuelguen, pero ella se habrá salvado.
Gringoire se rascó la oreja con un aire muy serio.
—¡Vaya! —dijo—. Es una idea que a mà no se me habrÃa ocurrido nunca.