Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¿Cuáles? El aire, el cielo, la mañana, la noche, el claro de luna, mis buenos amigos los truhanes, nuestras rechiflas con las perdularias, las bellas piezas arquitectónicas de ParÃs pendientes de estudio, tres voluminosos libros escritos a medias, uno de ellos contra el obispo y sus molinos, ¡y qué sé yo cuántas cosas más! Anaxágoras decÃa que estaba en el mundo para admirar el sol. Además, tengo la suerte de pasar todos los dÃas, de la mañana a la noche, con un hombre de ingenio que soy yo, y eso es muy agradable.
—¡Cabeza hueca! —masculló el arcediano—. A ver, di, esa vida que te parece tan maravillosa, ¿quién te la ha conservado? ¿A quién le debes respirar este aire, ver este cielo, y poder además entretener tu cerebro de chorlito con pamplinas y excentricidades? Sin ella, ¿dónde estarÃas? ¿Quieres que muera, cuando gracias a ella tú estás vivo? ¿Quieres que muera esa criatura bella, dulce, adorable, necesaria para la luz del mundo, más divina que Dios? Mientras que tú, medio sabio y medio loco, vano esbozo de no se sabe qué, especie de vegetal que crees caminar y crees pensar, seguirás viviendo con la vida que le has robado, tan inútil como una vela en pleno mediodÃa. ¡Vamos, Gringoire, un poco de compasión! Sé generoso también tú, ya que ella lo fue antes.