Nuestra Señora de París

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El sacerdote hablaba con vehemencia. Gringoire lo escuchó con una expresión indeterminada al principio, luego se enterneció, y acabó dibujando en su lívido semblante una mueca trágica que lo asemejaba al de un recién nacido con cólico.

—Os ponéis patético —dijo, enjugándose una lágrima—. Está bien, lo pensaré… Pero vaya idea que habéis tenido… Después de todo —prosiguió, tras un silencio—, ¿quién sabe? ¡Tal vez no me cuelguen! No siempre se casa quien se promete. Cuando me encuentren en esa celda, tan grotescamente vestido con falda y toca, quizá se echen a reír… Además, si me cuelgan, ¿qué? La cuerda es una muerte como otra cualquiera, o, mejor dicho, no es una muerte como cualquier otra. Es una muerte digna del sabio que ha oscilado toda su vida, una muerte que no es ni carne ni pescado, como el espíritu del verdadero escéptico, una muerte absolutamente impregnada de pirronismo y de vacilación, que está entre el cielo y la tierra, que te deja en suspenso. Es una muerte de filósofo, y tal vez estaba predestinado a ella. Es magnífico morir como se ha vivido.

El sacerdote lo interrumpió.

—¿De acuerdo, entonces?


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