Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¿Qué es la muerte, en definitiva? —prosiguió Gringoire con exaltación—. Un mal momento, un peaje, el paso de poco a nada. En una ocasión en que alguien preguntó a Cercidas Megalopolitano si morirÃa de buen grado, este respondió: ¿Por qué no? Después de morir veré a grandes hombres: Pitágoras entre los filósofos, Hecateo entre los historiadores, Homero entre los poetas y Olimpo entre los músicos.
El arcediano le tendió la mano.
—No hay más que hablar. Vendréis mañana.
Este gesto devolvió a Gringoire a la realidad.
—¡Ah, repámpanos, no! —dijo en el tono de un hombre que acaba de despertar—. ¡Ser ahorcado! Es demasiado absurdo. No quiero.
—Adiós, entonces. —Y el arcediano añadió entre dientes—: ¡Volveremos a vernos!
«No quiero volver a ver a este hombre endiablado», pensó Gringoire, y echó a correr tras don Claude.