Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Eh, señor arcediano, entre viejos amigos no debe haber rencor! Os interesáis por esa joven, por mi mujer, quiero decir. Muy bien. Habéis ideado una estratagema para sacarla sana y salva de Notre-Dame, pero ese medio es extremadamente desagradable para mÃ, Gringoire… ¡Si tuviera yo otro…! Os advierto que acabo de tener ahora mismo una inspiración muy luminosa… Si se me ocurriera una idea apropiada para sacarla de este mal trance sin comprometer mi cuello con ningún nudo corredizo, ¿qué dirÃais? ¿No os bastarÃa? ¿Es absolutamente necesario que me cuelguen para que estéis contento?
El sacerdote tiraba con impaciencia de los botones de su sotana.
—¡Qué torrente de palabras! ¿Cuál es ese medio que se te ha ocurrido?
—Sà —prosiguió Gringoire, hablando consigo mismo y tocándose la nariz con el dedo Ãndice en señal de meditación—. ¡Eso es! Los truhanes son buenos chicos… La tribu de Egipto la quiere… Se sublevarán en cuanto se les diga… Nada más fácil… Un golpe de mano… Aprovechando el desorden, será fácil sacarla… Mañana mismo por la noche… Estarán encantados.
—¡El medio! ¡Habla! —dijo el sacerdote, zarandeándolo.
Gringoire se volvió majestuosamente hacia él.