Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Dejadme! ¿No veis que estoy elaborándolo? —Reflexionó unos instantes más. Luego se puso a aplaudir su idea gritando—: ¡Admirable! ¡Éxito asegurado!
—¡El medio! —repitió Claude, furioso.
Gringoire estaba radiante.
—Acercaos para que os lo cuente en voz baja. Es una maniobra verdaderamente audaz y que nos saca a todos del apuro. ¡Pardiós! Hay que reconocer que no soy un imbécil. —De pronto, interrumpió su discurso—. ¡Ah! ¿La cabrita está con la joven?
—SÃ. ¡Que el diablo se te lleve!
—Porque iban a colgarla también, ¿verdad? Colgaron a una cerda el mes pasado. Al verdugo le gustan esas cosas. Después se come el animal. ¡Colgar a mi preciosa Djali! ¡Pobrecilla!
—¡Maldición! —exclamó don Claude—. El verdugo eres tú. ¿Qué medio de salvación se te ha ocurrido, bribón? ¿Habrá que sacarte la idea con fórceps?
—¡Es una maravilla, maestro! ¡Escuchad!
Gringoire se acercó al arcediano y le habló muy bajo al oÃdo, mirando inquieto a uno y otro lado de la calle pese a que no pasaba nadie. Cuando hubo terminado, don Claude le dio la mano y le dijo frÃamente:
—De acuerdo. Hasta mañana.
—Hasta mañana —repitió Gringoire.