Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Amigo Pierre —dijo el rey de Thunes—, ¿en qué diablos piensas?
Gringoire se volvió hacia él con una sonrisa melancólica:
—Me gusta el fuego, mi querido señor. No por la razón trivial de que el fuego nos calienta los pies o cuece la sopa que nos comemos, sino porque tiene chispas. A veces me paso horas mirando las chispas. Descubro mil cosas en esas estrellas que espolvorean el fondo negro del hogar. Esas estrellas también son mundos.
—¡Que me parta un rayo si te entiendo! —dijo el truhán—. ¿Sabes qué hora es?
—No —respondió Gringoire.
Clopin se acercó entonces al duque de Egipto.
—Camarada Mathias, el momento no es adecuado. Dicen que el rey Luis XI está en ParÃs.
—Razón de más para arrebatarle a nuestra hermana de las garras —contestó el viejo gitano.
—Hablas como un hombre, Mathias —dijo el rey de Thunes—. Además, actuaremos con rapidez. No hay que temer resistencia en la iglesia. Los canónigos son liebres, y nuestras fuerzas son mayores. ¡Los del Parlamento se llevarán mañana una buena sorpresa cuando vayan a buscarla! ¡Por las tripas del papa! ¡No quiero que cuelguen a esa bella muchacha!
Clopin salió de la taberna.