Nuestra Señora de París

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4 Un torpe amigo

Aquella noche, Quasimodo no dormía. Acababa de hacer su última ronda por la iglesia. No se había dado cuenta, en el momento en que cerraba las puertas, de que el arcediano había pasado cerca de él y evidenciado cierto disgusto al verlo echar cuidadosamente los pestillos y cerrojos del enorme armazón de hierro que daba a sus dos anchos batientes la solidez de una muralla. Don Claude parecía más preocupado aún que de costumbre. Por lo demás, desde la aventura nocturna de la celda, maltrataba constantemente a Quasimodo; pero, por más rudamente que lo tratara, que le pegara incluso alguna vez, nada quebrantaba la sumisión, la paciencia, la resignación devota del fiel campanero. Del arcediano lo soportaba todo, insultos, amenazas y golpes, sin murmurar un reproche, sin proferir una queja. Como mucho, lo seguía con una mirada llena de inquietud cuando don Claude subía la escalera de la torre; pero el arcediano se había abstenido por iniciativa propia de volver a presentarse ante la egipcia.






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