Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Aquella noche, pues, Quasimodo, después de haber echado un vistazo a sus pobres campanas, tan descuidadas, a Jacqueline, a Marie y a Thibauld, había subido hasta lo alto de la torre septentrional y allí, tras dejar en el tejado la linterna sorda bien cerrada, se había puesto a contemplar París. La noche, como ya hemos dicho, era muy oscura. París, que, por así decirlo, no estaba iluminado en aquella época, presentaba a la vista un montón confuso de masas negras, entrecortado aquí y allá por la curva blancuzca del Sena. Quasimodo solo veía luz en una ventana de un edificio lejano, cuyo vago y sombrío perfil se dibujaba muy por encima de los tejados, en el lado de la puerta de Saint-Antoine. Allí también había alguien que velaba.

Dejando flotar por aquel horizonte de brumas su mirada única, el campanero sentía dentro de sí mismo una vaga inquietud. Desde hacía varios días estaba en guardia. Veía continuamente merodear en torno a la iglesia hombres de aspecto siniestro que no apartaban la vista del asilo de la joven. Pensaba que tal vez se estaba tramando algún complot contra la infortunada refugiada. Imaginaba que había un odio popular hacia ella igual que lo había hacia él, y bien podría ser que muy pronto sucediera algo. Por eso permanecía en el campanario, al acecho, «pensando en su pensador», como dice Rabelais, con el ojo puesto ora en la celda, ora en París, montando guardia como un buen perro, con el corazón lleno de desconfianza.


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