Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París De repente, mientras escrutaba la gran ciudad con aquel ojo que la naturaleza, por una especie de compensación, había hecho tan penetrante que casi podía suplir los otros órganos que le faltaban a Quasimodo, le pareció que la silueta del muelle de la Vieille-Pelleterie tenía algo singular, que había movimiento en ese punto, que la línea del parapeto recortada en negro sobre la blancura del agua no estaba recta y tranquila como la de los otros muelles, sino que ondeaba a ojos vistas como las olas de un río o como las cabezas de una muchedumbre en marcha.
Aquello le pareció extraño. Miró con atención redoblada. El movimiento parecía ir hacia la Cité, aunque no había ninguna luz. Se prolongó un rato en el muelle, luego se desplazó poco a poco, como si lo que ocurriera entrase en el interior de la isla, finalmente cesó por completo y la línea del muelle volvió a estar recta e inmóvil.
En el momento en que Quasimodo se perdía en conjeturas, le pareció que el movimiento reaparecía en la calle del Atrio, que se prolonga en la Cité perpendicularmente a la fachada de Notre-Dame. Por fin, pese a lo densa que era la oscuridad, vio desembocar por esa calle la cabeza de una columna y, en un instante, extenderse por la plaza una multitud de la que era imposible distinguir nada en medio de las tinieblas salvo que era una multitud.