Nuestra Señora de París

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El espectáculo era aterrador. Es probable que aquella procesión singular, que parecía tan interesada en ocultarse bajo una profunda oscuridad, no guardara un silencio menos profundo. Sin embargo, algún ruido debía de hacer, aunque no fuera más que el de sus pisadas. Pero ese ruido no llegaba a nuestro sordo, y aquella inmensa multitud, de la que apenas veía algo y de la que no oía nada, agitándose y caminando, sin embargo, tan cerca de él, le producía el mismo efecto que un desfile de muertos, mudo, impalpable, perdido entre el humo. Le parecía ver avanzar hacia él una masa de niebla llena de hombres, ver sombras moviéndose en la sombra.

Entonces renacieron sus temores, la idea de una tentativa contra la egipcia reapareció en su mente. Sintió confusamente que se acercaba una situación violenta. En aquel momento crítico, deliberó dentro de sí mismo con un razonamiento mejor y más rápido de lo que habría cabido esperar de un cerebro tan mal organizado. ¿Debía despertar a la egipcia? ¿Ayudarla a escapar? ¿Por dónde? Las calles estaban invadidas, la iglesia estaba pegada al río por detrás. ¡Ninguna embarcación! ¡Ninguna salida…! Solo había una opción: luchar hasta la muerte en la puerta de Notre-Dame, resistir al menos hasta que llegara ayuda, si es que llegaba, y no turbar el sueño de Esmeralda. Despertar a la desdichada para morir en ningún caso era una tarea urgente. Una vez tomada esta decisión, se puso a examinar al «enemigo» con más calma.


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