Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París La muchedumbre parecía aumentar por momentos en el Atrio. El campanero supuso que debía de hacer muy poco ruido, puesto que las ventanas de las calles y de la plaza permanecían cerradas. De repente brilló una luz, y en un instante siete u ocho antorchas encendidas se pasearon sobre las cabezas, agitando en la oscuridad sus mechones de fuego. Quasimodo vio entonces claramente pulular en la plaza un espantoso rebaño de hombres y mujeres andrajosos, armados con guadañas, picas, hocinos y partesanas cuyos miles de puntas centelleaban. Acá y allá, horcas negras ponían cuernos a aquellas caras repulsivas. Recordó vagamente a aquel populacho y creyó reconocer todas las caras que unos meses antes lo habían proclamado papa de los locos. Un hombre que llevaba una antorcha en una mano y un boullaye en la otra se subió encima de un guardacantón y pareció arengar a la masa. Al mismo tiempo el extraño ejército describió algunas evoluciones, como si tomara posiciones alrededor de la iglesia. Quasimodo cogió su linterna y bajó a la plataforma situada entre las torres para ver más de cerca y pensar en los métodos de defensa.