Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París La Corte de los Milagros estaba completamente oscura. No había ni una luz. Estaba, sin embargo, muy lejos de hallarse desierta. Se distinguía una multitud de hombres y de mujeres que hablaban entre sí en voz baja. Se oía su murmullo, y se veía relucir toda clase de armas en las tinieblas. Clopin se subió encima de una gran piedra.
—¡Los de Argot, en formación! —gritó—. ¡Los de Egipto, en formación! ¡Los de Galilea, en formación!
Un movimiento se produjo en la oscuridad. La inmensa multitud pareció formarse en columnas. Al cabo de unos minutos, el rey de Thunes volvió a elevar la voz:
—¡Ahora, silencio para cruzar París! El santo y seña es: «espadín callejero». ¡No encenderemos las antorchas hasta que estemos en Notre-Dame! ¡En marcha!
Diez minutos más tarde, los jinetes de la guardia huían despavoridos ante una larga procesión de hombres negros y silenciosos que bajaba hacia el Pont-au-Change, por las calles tortuosas que atraviesan en todos los sentidos el denso barrio de Les Halles.