Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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No era cosa muy rara en las ciudades de la Edad Media una empresa como la que los truhanes intentaban en aquel momento contra Notre-Dame. Lo que hoy llamamos «policía» no existía entonces. En las ciudades populosas, sobre todo en las capitales, no había un poder central, único, regulador. El feudalismo había construido esas grandes comunas de una manera extraña. Una ciudad era un conjunto de mil señoríos que la dividían en compartimentos de innumerables formas y tamaños. El resultado eran mil policías contradictorias, es decir, ausencia de policía. En París, por ejemplo, independientemente de los ciento cuarenta y un señores aspirantes a censo, había veinticinco que aspiraban además a impartir justicia, desde el obispo de París, que tenía ciento cinco calles, hasta el prior de Notre-Dame des Champs, que tenía cuatro. Todos estos justicieros feudales solo reconocían nominalmente la autoridad soberana del rey. Todos tenían derechos sobre la vía pública. Todos estaban en su casa. Luis XI, ese infatigable obrero que tan decididamente inició la demolición del edificio feudal, continuada por Richelieu y Luis XIV en beneficio de la monarquía y terminada por Mirabeau en beneficio del pueblo, había intentado romper esa red de señoríos que cubría París lanzando violentamente contra ella dos o tres ordenanzas de policía general. En 1465 se dio orden a los habitantes de, una vez llegada la noche, iluminar con velas las ventanas y encerrar a los perros, bajo pena de horca; ese mismo año, se dio orden de cerrar al anochecer las calles con cadenas de hierro y se prohibió llevar dagas o armas ofensivas de noche por las calles. Pero al cabo de poco tiempo todos estos intentos de legislación comunal cayeron en desuso. Los burgueses dejaron que el viento apagara las velas en sus ventanas y que sus perros vagaran; las cadenas de hierro solo se utilizaron en casos de asedio; la prohibición de llevar dagas no produjo otro efecto que cambiar el nombre de la calle Coupe-Gueule por el de calle Coupe-Gorge,[135] lo que es un progreso evidente. La vieja estructura de las jurisdicciones feudales permaneció en pie; inmenso amontonamiento de bailías y de señoríos que se cruzaban en la ciudad, estorbándose, enmarañándose, enredándose, comiéndose terreno unos a otros; inútil maraña de guardias, subguardias y contraguardias, a través de la cual pasaban a mano armada el bandidaje, la rapiña y la sedición. No eran, pues, en este desorden, un acontecimiento inaudito esos golpes de mano de una parte del populacho contra un palacio, un hotel o una casa en los barrios más poblados. En la mayoría de los casos, los vecinos solo intervenían si el saqueo llegaba hasta su vivienda. Se tapaban los oídos cuando sonaban mosquetazos, cerraban los postigos, atrancaban las puertas, dejaban que la pelea acabara con o sin intervención de la guardia, y al día siguiente se comentaba en París: «Anoche entraron en casa de Étienne Barbette», «Al mariscal de Clermont lo han prendido en el regimiento», etcétera. Por eso, no solo las viviendas de la realeza, el Louvre, el Palacio, la Bastilla, las Tournelles, sino también las residencias simplemente señoriales, como el Petit-Bourbon, el hotel de Sens, el hotel de Angoulême, etcétera, tenían almenas en los muros y matacanes encima de las puertas. Las iglesias estaban protegidas por su santidad. Algunas, no obstante, entre las cuales no se encontraba Notre-Dame, estaban fortificadas. El abad de Saint-Germaindes-Prés estaba almenado como un barón, y había en su casa más cobre gastado en bombardas que en campanas. En 1610 aún podía verse su fortaleza. Hoy apenas queda su iglesia.


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