Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Pero volvamos a Notre-Dame.
Finalizadas las primeras disposiciones, y debemos decir en honor de la disciplina truhana que las órdenes de Clopin fueron ejecutadas en silencio y con una precisión admirable, el digno jefe de la banda se subió al parapeto del Atrio y elevó su voz ronca y basta permaneciendo de cara a Notre-Dame y agitando su antorcha, cuya luz, castigada por el viento y velada en todo momento por su propio humo, hacía aparecer y desaparecer de la vista la rojiza fachada de la iglesia.
—A ti, Luis de Beaumont, obispo de París, consejero en el tribunal del Parlamento, yo, Clopin Trouillefou, rey de Thunes, gran coesre, príncipe de Argot y obispo de los locos, te digo: Nuestra hermana, falsamente condenada por magia, se ha refugiado en tu iglesia; le debes asilo y salvaguardia; pero el tribunal del Parlamento quiere prenderla y tú lo consientes; de manera que la colgarían mañana en la Grève si Dios y los truhanes no estuvieran aquí. Así pues, venimos a ti, obispo. Si tu iglesia es sagrada, nuestra hermana lo es también; si nuestra hermana no es sagrada, tu iglesia tampoco lo es. Por ello te conminamos a que nos entregues a la muchacha si quieres salvar tu iglesia, o cogeremos a la muchacha y saquearemos la iglesia. Y estará bien hecho. En prueba de lo cual, planto aquí mi bandera, ¡y Dios te guarde, obispo de París!