Nuestra Señora de París

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Desgraciadamente, Quasimodo no pudo oír estas palabras pronunciadas con una suerte de majestad sombría y salvaje. Un truhán presentó su bandera a Clopin, quien la plantó solemnemente entre dos adoquines. Era una horca de cuyas púas colgaba un trozo sanguinolento de carroña.

Hecho esto, el rey de Thunes se volvió y paseó la mirada por su ejército, feroz multitud en la que las miradas brillaban casi tanto como las picas. Tras una breve pausa:

—¡Adelante, hijos! —gritó—. ¡A trabajar, testarrones!

Treinta hombres robustos, de musculatura recia y con cara de cerrajeros, salieron de entre las filas con martillos, tenazas y barras de hierro al hombro. Se dirigieron hacia la puerta principal de la iglesia, subieron la escalera, y muy pronto los vieron a todos en cuclillas bajo la ojiva, forzando la puerta con tenazas y palancas. Un buen número de truhanes los siguió para ayudarlos o mirarlos. Los once peldaños del pórtico estaban abarrotados.

Sin embargo, la puerta aguantaba.

—¡Demonios, es resistente! ¡Y tozuda! —decía uno.

—¡Es vieja y tiene los cartílagos endurecidos! —decía otro.


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