Nuestra Señora de París

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—¡Ánimo, camaradas! —intervenía Clopin—. Apuesto mi cabeza contra una pantufla a que habréis abierto la puerta, cogido a la muchacha y desnudado el altar mayor antes de que se haya despertado un solo sacristán. ¡Mirad!, creo que la cerradura está cediendo.

Clopin fue interrumpido por un estruendo horrible que se oyó en ese momento detrás de él. Se volvió. Una enorme viga acababa de caer del cielo, había aplastado a una docena de truhanes en la escalinata de la iglesia y rebotaba sobre el empedrado con el ruido de una bala de cañón, rompiendo acá y allá piernas entre la muchedumbre de pordioseros, que se apartaban profiriendo gritos de terror. En un abrir y cerrar de ojos, el recinto reservado del Atrio quedó vacío. Los testarrones, pese a estar protegidos por las profundas dovelas del pórtico, abandonaron la puerta, y el propio Clopin retrocedió a una respetuosa distancia de la iglesia.

—¡Me he librado de una buena! —gritaba Jehan—. ¡He oído el silbido, rediós! ¡Pero Pierre l’Assommeur está muerto!

Imposible describir el asombro mezclado con pánico que cayó junto a aquella viga sobre los bandidos. Se quedaron unos minutos con la mirada perdida, más consternados por ese trozo de madera que por veinte mil arqueros del rey.

—¡Por Satanás! —masculló el duque de Egipto—. ¡Esto huele a magia!


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