Nuestra Señora de París

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—Ha sido la luna la que nos ha tirado ese tronco —dijo Andry el Rojo.

—Y eso que dicen que la luna es amiga de la Virgen —añadió François Chante-Prune.

—¡Mil papas! —exclamó Clopin—. ¡Sois todos unos imbéciles!

Pero él no sabía cómo explicar la caída del madero.

Sin embargo, en la fachada, a cuya parte más elevada no llegaba la claridad de las antorchas, no se distinguía nada. El pesado madero yacía en medio del Atrio, y se oían los gemidos de los miserables que habían recibido el primer impacto y a los que el ángulo de los escalones de piedra había rajado el vientre al ser aplastados contra él.

Pasado el primer momento de estupor, el rey de Thunes encontró por fin una explicación que pareció plausible a sus compañeros.

—¡Rediós! ¿Acaso los canónigos se defienden? Entonces, ¡a saco!, ¡a saco!

—¡A saco! —repitió la turba con un hurra furioso.

Inmediatamente fue lanzada una descarga de ballestas y de arcabuces contra la fachada de la iglesia.

Al producirse esta detonación, los apacibles habitantes de las casas circundantes se despertaron, varias ventanas se abrieron y en los huecos aparecieron gorros de dormir y manos sosteniendo velas.


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